Es difícil definir la pobreza. En su concepción más reduccionista, se entiende como la privación o carencia de ingresos suficientes para satisfacer las necesidades materiales y, en la más amplia, como todo tipo de carencias que sufren las personas para satisfacer sus necesidades humanas y fundamentales.
El PNUD señala la importancia de ver la pobreza más allá de la falta de ingresos y plantea el concepto de pobreza humana, que enfatiza la equidad, la inclusión social, el empoderamiento de las mujeres y la importancia del respeto a los derechos humanos para poder reducir la pobreza. La discriminación basada en el sexo, la religión, la raza, la etnia, la clase y la edad está entre las causas de la exclusión social, la inequidad y la pobreza. La existencia de pobreza es moralmente inaceptable y su erradicación debe convertirse en prioridad para las políticas públicas.
La dimensión más visible de la pobreza es la desigualdad. América Latina y el Caribe es la región más desigual del planeta. Según datos de la CEPAL, el ingreso per cápita del 20% más rico de la población es 19 veces mayor que el ingreso del 20% más pobre.
La mirada de género a la pobreza cobra relevancia a partir de los noventa. Esta mirada evidencia que las causas y la situación de la pobreza de hombres y mujeres son diferentes, que las carencias que enfrentan unos y otras son de distinta naturaleza y que las personas enfrentan obstáculos diversos para salir de ella. También nos permite evidenciar que mujeres y hombres no son grupos homogéneos sino diversos y señala la importancia de cruzar género con otras variables como clase, edad, etnia y raza para poder comprender realmente este fenómeno y sus implicaciones.
La ceguera de género en la medición de la pobreza
La incorporación de la perspectiva de género al análisis de la pobreza ha permitido ver otros tipos de pobreza más allá de la carencia de ingresos: pobreza de tiempo, pobreza de oportunidades y de trabajo, la pobreza al interior de los hogares, la falta de vínculos sociales, la limitación de libertades políticas, etcétera, que deben ser tomadas en cuenta en las estrategias de lucha contra la pobreza.
Sin embargo, en muchas ocasiones, tanto la medición como el análisis de la pobreza siguen siendo ciegos al género. En cuanto a la medición, una de las fuertes críticas que se realizan desde la perspectiva de género es que se tome únicamente como unidad de análisis el hogar, sin reconocer las brechas a nivel de género y de edad y las relaciones de poder asimétricas que existen en su interior. La división sexual de trabajo (la asignación social de determinadas tareas o responsabilidades a mujeres y hombres) y las desigualdades de género en el hogar condicionan el acceso y el control de los recursos materiales y sociales y la participación en la toma de decisiones tanto dentro del hogar como fuera. Es como si en los hogares pobres todo el mundo fuera igualmente pobre, y no es así.
¿Cómo condicionan? Veamos un ejemplo. Los quehaceres domésticos y las labores de cuidado siguen siendo en nuestra región responsabilidad casi exclusiva de las mujeres. Eso tiene claras implicaciones para las mujeres y limitaciones al desarrollo de sus capacidades y oportunidades para no caer o superar la pobreza. Por un lado, eso dificulta la inserción de las mujeres en el mercado laboral o les supone una sobrecarga de trabajo en detrimento de su bienestar y calidad de vida. Por el otro, la falta de reconocimiento y de remuneración de este tipo de tareas, sume a las mujeres que sólo desempeñan este tipo de trabajo en una posición de dependencia económica con respecto a otros.
Por eso, numerosas voces señalan la relevancia que tiene analizar la pobreza al interior del hogar para entender verdaderamente este fenómeno. En esa línea, la CEPAL muestra en varias de sus investigaciones como las diferencias entre mujeres y hombre si se toma como unidad de análisis el hogar son imperceptibles y la idoneidad de medir el nivel de ingreso individual de hombres y mujeres: “ A nivel individual cerca del 46% de las mujeres mayores de 15 años no tienen ingresos, mientras que un 21% de los hombres enfrenta la misma situación”.
Un tema que surge siempre cuando se habla de pobreza es el de jefas de hogar. Los hogares monoparentales en general y los encabezados por mujeres en especial, tanto nucleares como compuestos y extendidos, han ido aumentado y son mucho más comunes en los países del Caribe, donde representan entre un 30 % y un 40% del total aproximadamente (datos CEPAL). Una mirada de género permite cuestionar esta tendencia a asociar los hogares encabezados por mujeres con la pobreza en un sentido negativo, tomando únicamente la menor disponibilidad de ingresos respecto a los hogares jefaturizados por hombres, en lugar de ver otros aspectos más positivos que pueden existir en ese tipo de hogares como la mayor libertad para tomar decisiones, más autonomía de la mujer, un patrón de gasto más equitativo al interior del hogar, etc., aspectos que forman parte de una visión más integral de la pobreza. Obviamente, los estudios demuestran que los hogares con jefatura femenina tienen menos ingresos que los encabezados por hombres. Sin embargo, se invisibiliza que en los encabezados por hombres suele haber una cónyuge aportando también a la economía familiar con ingresos y/o trabajo no remunerado.
Estamos pues ante un círculo vicioso. Si nos limitamos a una visión reduccionista de la pobreza, si no tomamos en cuenta y conceptualizamos todas estas dimensiones de la pobreza que la mirada de género nos permite ampliar, no la vamos a poder medir adecuadamente y vamos a invisibilizar otros tipos de pobreza. Y ya sabemos que lo que no se mide es como si no existiera y lo que no existe no figura en las políticas y programas que se llevan a cabo por ejemplo para superar la pobreza.
Durante años, también se ha visto la erradicación de la pobreza (entendida como ingresos) como la vía para eliminar las desigualdades de género. Como señala la CEPAL, “el logro de la equidad de género en una sociedad no es una consecuencia automática de la erradicación de la pobreza. Datos provenientes de diferentes países demuestran que, si bien la desigualdad de género está estrechamente relacionada con la pobreza, no siempre se asocia con la falta de ingresos y, como ha quedado en evidencia en distintos casos, una sociedad puede ser pobre pero distribuir sus recursos con equidad”.
