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El desarrollo humano es el proceso mediante el cual se busca la ampliación de las oportunidades de las personas, aumentando sus derechos y capacidades. Uno de los indicadores de medición que constituyen el índice de desarrollo humano (IDH) es el conocimiento, medido por la tasa de analfabetismo adulto y la tasa de matrícula total combinada de primaria, secundaria y terciaria. El índice de desarrollo humano relativo al género (IDG) creado en 1995, incorpora la dimensión de género desagregando estos indicadores para visibilizar las brechas existentes entre mujeres y hombres en el acceso a la educación.

Según el IDG del Informe Mundial de Desarrollo Humano 2009, la mayoría de los países de la región registran tasas equivalentes de alfabetización de adultos en hombres y mujeres, y cifras similares, o una tasa ligeramente inferior en los hombres, en el caso de la tasa de matriculación bruta combinada en educación primaria, secundaria y terciaria (PNUD, 2009).

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En Argentina, el país mejor posicionado de la región en cuanto a la clasificación por IDG, se registran tasas de alfabetización de adultos del 97,7% para las mujeres y 97,6% para los hombres. La tasa de matriculación bruta combinada en educación primaria, secundaria y terciaria, es significativamente superior para las mujeres con un 93,3% frente al 84% de los hombres, tendencia que se repite en la mayor parte de los países de la región.

Rompiendo con la tendencia general en cuanto a los datos del IDG están Perú, Bolivia y Guatemala, con una tasa de alfabetización de adultos inferior para las mujeres (Perú: Mujeres 84,6%, Hombres 94,9%; Bolivia: Mujeres 86%, Hombres 96% y; Guatemala: Mujeres 68%, Hombres 79%) y en el caso de Guatemala, la tasa de matriculación combinada es 6 puntos inferior para las mujeres. En estos datos, las variables raza, origen etnico-racial, clase socioeconómica, ruralidad, etc. influyen directamente en el resultado, pues no es casualidad que sea en estos países donde existe mayor porcentaje de población indígena (PNUD, 2009). (Ver diversidad)

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En la Declaración del Milenio, el ODM 3 “Promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la mujer”, define como meta la eliminación de las desigualdades entre los géneros en la enseñanza primaria y secundaria para el año 2005, y en todos los niveles de la enseñanza para 2015. Entre sus indicadores está la relación entre niñas y niños en la educación primaria, secundaria y superior, y la relación entre las tasas de alfabetización de las mujeres y los hombres comprendidas entre los 15 y 24 años.

A partir de estos indicadores, la eliminación de las desigualdades de género en la educación consiste en enfrentar el desigual acceso a la educación, erradicar el analfabetismo de las mujeres y aumentar su acceso a la formación profesional y la educación permanente, y combatir la deserción escolar que afecta a niñas y niños por distintas razones. Sin embargo, el análisis de género nos obliga a tener en cuenta otros parámetros cualitativos, como los roles de género, la segregación profesional y el curriculum oculto de las instituciones educativas.

Al incorporar el enfoque de género en el análisis de la educación encontramos una serie de brechas que subyacen dentro de este ámbito. Muchas veces las familias no pueden hacerse cargo de la educación de todos sus miembros por los costos escolares (matrícula, transporte, vestimenta y materiales) y a la hora de elegir son las niñas quienes se quedan en casa para apoyar en las tareas reproductivas, lo que profundiza la brecha de género existente. Esto evidencia que la pobreza y los roles de género son las principales barreras para el derecho de las mujeres y las niñas a la educación. En otros casos, son el matrimonio precoz y el embarazo adolescente las causas de abandono de la escuela definitivamente. Otro factor que favorece la brecha de género en educación es la inseguridad. A menudo las niñas dejan de acudir a la escuela por el acoso y la violencia sexual a la que se ven expuestas tanto de camino a la escuela como dentro de ella. En el caso de los niños, a menudo la familia obliga a los varones a trabajar en el campo, especialmente en las zonas rurales, para apoyar económicamente a la familia, perpetuando la situación de pobreza.

Es importante reflexionar sobre la labor de socialización que realizan los sistemas educativos, ya que pueden contribuir (o no) a la reproducción de estereotipos de género y a la segregación profesional, puesto que los centros de enseñanza son una de las principales fuentes de trasmisión de contenidos culturales a través de los planteamientos curriculares, las relaciones interpersonales, etc.

Superar el sexismo en la educación implica analizar en profundidad situaciones cotidianas normalmente no visibles, enraizadas en creencias, mitos, presupuestos, visiones y actitudes, que conforman la filosofía de la organización y la comunidad educativa, y que reproducen roles sexuales y marcan las expectativas profesionales, sociales y personales de mujeres y hombres.
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El día 21 de junio se celebra el día mundial de la “educación no sexista”; una educación que aboga por eliminar la legitimidad y reproducción de la subordinación y desigualdad, que supera estereotipos y jerarquías de género y, que apunta a construir una sociedad equitativa, para la convivencia, el respeto, la igualdad de oportunidades y el desarrollo pleno e integral de cada persona.
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Se trata de construir modelos educativos basados en la igualdad, que permitan que niñas y niños, adolescentes, jóvenes y personas adultas, puedan desarrollar sus posibilidades y elegir libremente su identidad, sin tener que verse limitadas por los comportamientos y expectativas profesionales culturalmente “permitidas” para unas y otros. Para ello es necesario incorporar esta mirada tanto en el currículo explícito (visibilizando y resolviendo la ausencia de mujeres en los libros de historia, de literatura o ciencias y el lenguaje sexista presente en los libros desde educación primaria), como en el currículo oculto.

El “curriculum oculto de género” se define como el conjunto interiorizado y no visible, oculto para el nivel consciente, de construcciones de pensamiento, valoraciones, significados y creencias que estructuran, construyen y determinan las relaciones y las prácticas sociales de y entre hombres y mujeres (Lovering et alt., 1998). Se refiere a cuestiones como el rendimiento escolar por sexo, los porcentajes de participación, la atención diferencial dada por docentes a las niñas y los niños, los espacios físicos a que tienen acceso unos y otras en las escuelas (los niños tienen destinados espacios más grandes, como las canchas de fútbol), los estereotipos y comportamientos esperados de niños y niñas, la escasa representación femenina en la dirección de la organización escolar, etc. (Bustos, 1999). Todos estos elementos tienen implicaciones sobre el desarrollo personal y académico de niños y niñas, ya que afecta los roles, expectativas e interacciones entre profesores, profesoras, alumnos y alumnas, definiendo cómo se estructuran las relaciones sociales y estableciendo relaciones diferentes entre el conocimiento y las personas en función del sexo.

La segregación académica y profesional es también el resultado de los valores explícitos e implícitos en la dinámica educativa (Ross et alt., 1988). Gran parte del futuro vocacional y profesional de niños y niñas se perfila en la infancia a través de la educación formal y también de los juegos infantiles, que tienen diferentes exigencias (cognoscitivas, afectivas, corporales y emocionales) relacionadas con lo establecido para cada sexo y que contienen diferente preparación en valores, prácticas sociales y habilidades. Así, a las niñas se les orienta hacia profesiones relacionadas con el cuidado, como enfermería, magisterio, psicología, etc, mientras a los niños de les aleja de este tipo de profesiones a través del cuestionamiento de su masculinidad. Esto se evidencia claramente en la concentración de las mujeres en carreras relacionadas con las ciencias sociales, humanidades, educación y salud, mientras, en las ramas de ciencias y tecnología, sigue predominado la matricula masculina.

La educación tiene un potencial ilimitado en lo que se refiere a la construcción de capital humano, y es más que sabido que jamás podremos alcanzar un verdadero desarrollo humano mientras no alcancemos la igualdad entre mujeres y hombres. Es tiempo por tanto, de que las instituciones educativas y académicas dejen de transmitir y perpetuar los estereotipos de género, y se conviertan en un espacio transformador y potenciador de la igualdad, a través de la transmisión de valores a favor de la diversidad, la equidad, la solidaridad y la participación inclusiva.

 

 

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