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El Informe Mundial 2004 sobre la reducción de los riesgos de desastres destaca, que “los desastres “naturales” constituyen un serio obstáculo para el desarrollo humano y el cumplimiento de Objetivos de Desarrollo del Milenio tan importantes como la reducción de la pobreza extrema a la mitad antes del año 2015”.

El Desarrollo Humano supone “contar con un espacio en el que la gente pueda desarrollar todo su potencial y llevar una vida productiva y creativa de acuerdo a sus necesidades e intereses. Las personas son la verdadera riqueza de las acciones.” (PNUD, 2007). Como hemos ido aprendiendo, estos espacios se construyen, y en ellos también se construyen los riesgos y las relaciones de poder entre las personas de diferente sexo, edades, origen étnico-racial, ámbito rural-urbano, discapacidad, clase social, etc.

Esta construcción social de los riesgos y de las relaciones, determina y es determinada por los modelos de desarrollo que elegimos. Un modelo de desarrollo inequitativo e irresponsable con el medio ambiente, contribuirá a construir mayores riesgos y relaciones más desiguales entre hombres y mujeres. Por el contrario modelos de desarrollo más humanos, equitativos y sostenibles conducirán a sociedades más seguras y con iguales oportunidades para todos y todas.

El incremento en la última década del número de fenómenos naturales y de sus fatales consecuencias ha estimulado la reflexión colectiva en torno al tema y ha

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El huracán Stan destruyó en Chiapas más de 18 mil viviendas a cargo de mujeres y el 60% del total de hogares afectados estaba encabezado por una mujer, una persona adulta mayor o discapacitada. Ver más aquí
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evidenciado la relación que existe entre desarrollo y riesgo de desastres. Así se ha ido abandonando el enfoque de manejo de emergencias o manejo de desastres, para centrar la mirada en la gestión integral del riesgo y en la necesidad de la prevención de los mismos.

La gestión de riesgos de desastres no se refiere únicamente a la gestión de los fenómenos naturales. La gestión del riesgo se basa en un modelo de desarrollo

económico y social sostenible, ya que los desastres son el resultado de sumar el riesgo -entendido como la posibilidad de recibir una amenaza natural- y la vulnerabilidad económica, social y territorial de la población. Para prevenir los desastres, es necesario disminuir esta vulnerabilidad a través de una mejor distribución de la renta, planificación urbana que impida asentamientos en riesgo, creación sostenible de viviendas, igualdad de acceso a los recursos y a las oportunidades para todas las personas, uso de energías limpias que afecten lo menos posible al cambio climático, etc.

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De acuerdo a estudios desarrollados las mujeres y niñas y niños son 14 veces más propensos a morir durante un desastres que los hombres (Peterson, 2007).
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Cualquier plan de desarrollo tiene el potencial de aumentar, mantener o disminuir los riesgos de desastres y las desigualdades sociales que generan vulnerabilidad. Por eso es imprescindible incluir en las políticas y planes de gestión de riesgo el enfoque de género, para atender las distintas vulnerabilidades a que se exponen mujeres y hombres debido a su condición de género, asignando los recursos necesarios. La distribución sexual de trabajo, que asigna el trabajo de los hombres al ámbito público y el de las mujeres al ámbito privado del hogar y a la comunidad, genera efectos diferenciados por género en estas situaciones. Un ejemplo: los terremotos, inundaciones, deslizamientos, huracanes u otros fenómenos, encuentran con mayor probabilidad a las mujeres en el hogar, junto con las personas dependientes, lo cual amenaza seriamente su supervivencia. Una vulnerabilidad específica de los hombres, tiene que ver con la exigencia, basada en su condición de género, de poner en riesgo su vida para rescatar a las víctimas.

Las mujeres tienen menos acceso y control de los recursos, lo que las sitúa en condición de dependencia y pobreza. Además, el trabajo reproductivo no remunerado y la infravaloración histórica de sus capacidades, dificulta su acceso a la formación y capacitación para la gestión del riesgo. Su exclusión de la planificación de acciones de prevención, mitigación y rehabilitación, impide que se tengan en cuenta sus necesidades específicas y que sea aprovechado su conocimiento acerca de los problemas comunitarios.

Por otro lado, las mujeres están sobrerepresentadas en el sector informal, uno de los sectores más afectados cuando se produce un desastre. Sin embargo, en el proceso de evaluación de daños posterior al desastre, los utensilios que utilizan las mujeres para la obtención de ingresos e incluso para las tareas relacionadas con el cuidado, no son tenidos en cuenta muchas veces. Esto provoca la invisibilización de sus necesidades, dificulta su recuperación y perpetúa su subordinación.

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La comunidad de la Masica, en Honduras, recibió una capacitación comunitaria sensible a género acerca de los sistemas de alerta temprana y el riesgo en 1998. A partir de esto, las mujeres de la comunidad se hicieron cargo de monitorear el sistema de alerta temprana que había sido abandonado. Seis meses después, La Masica no reportó ninguna muerte durante el Huracán Mitch, debido a que el gobierno pudo evacuar. (Sánchez, 2000).
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Los periodos posteriores al desastre son momentos críticos en tanto la crisis atraviesa el tejido y las relaciones sociales existentes, potenciando nuevas oportunidades para la transformación de las relaciones de género, pero también reproducen formas de violencia y explotación que ponen en riesgo la vida de mujeres, niñas, y niños. El trabajo doméstico aumenta enormemente para las mujeres, dado que se pierden o interrumpen los sistemas de apoyo de cuidado infantil, las escuelas, las clínicas, el transporte público y las redes familiares, y las viviendas están dañadas (Enarson, 2004). Además, las mujeres, junto con niñas, niños, ancianas y ancianos, son más vulnerables a las situaciones de violencia y abuso que tienen lugar en los albergues, como resultado de la discriminación hacia las mujeres y de los altos niveles de estrés postraumático.

Las situaciones de emergencia y los procesos de recuperación y reconstrucción profundizan la división sexual del trabajo, en la medida que se asignan tareas

tradicionales basadas en los roles de género. Mientras las mujeres realizan las tareas de alimentación, limpieza y cuidado en los albergues, los hombres se dedican al rescate, la reconstrucción y la creación de infraestructura para disminuir el riesgo. Incorporar el enfoque de género en todos los momentos de la gestión del riesgo, permite deconstruir la división sexual del trabajo, fomentar la participación y el desarrollo humano de mujeres y hombres e incorporar los conocimientos específicos de las mujeres, de gran valor para el bienestar de la comunidad.

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El Marco de Acción de Hyogo surgido de la Segunda Conferencia Mundial sobre Reducción de Desastres (WCDR, en sus siglas en inglés), celebrada en Kobe, Japón, del 18 al 22 de Febrero de 2005, retomó los lineamientos de la Plataforma de Acción de Beijing (1995) y del Objetivo 3 de las Metas del Milenio (2000), y enfatizó que la perspectiva de género debe incorporarse “en todas las políticas, planes y procesos de decisión sobre la gestión de los riesgos de desastre, incluidos los relativos a la evaluación de los riesgos, la alerta temprana, la gestión de la información y la educación y la formación”.
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La región de América Latina y el Caribe es una de las regiones más vulnerables a sufrir desastres naturales y la tendencia va en aumento. Según el Bureau de Crisis, Prevención y Recuperación (BCPR) del PNUD, “entre 1993 y 2002 casi 63.000 personas perdieron la vida en la región como consecuencia de este tipo de desastres”. Dada la inexistencia de datos desagregados por sexo, es difícil obtener una visión completa de la realidad, que permita diseñar políticas específicas con enfoque de género. Por ello en los últimos años diversas instancias responsables de la gestión de riesgos a nivel nacional y regional (Centro de Coordinación para la Prevención de los Desastres Naturales en América Central (CEPREDENAC), el Programa de Preparación antes los desastres del Departamento de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea (DIPECHO), Oscilación Meridional El Niño (ENSO), etc.) están emprendiendo acciones para generar estadísticas y datos desagregados que reviertan esta situación. Pero también están surgiendo iniciativas locales y nacionales que quieren integrar el enfoque de género en las políticas y programas relacionados con la gestión del riesgo y que están avanzando con ejemplos claros y coherentes. Esta es sin duda una oportunidad para “reconstruir y repensar” en conjunto, nuevos modelos de organización social equitativos, justos y respetuosos con el medio ambiente.

 



 

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