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La diversidad sexual es la puerta de entrada a un amplio campo de estudio, que pone de manifiesto y defiende las infinitas y legítimas formas de pensar, sentir y desear de las personas. De este modo, rompe los tabúes y subvierte los esquemas culturalmente determinados, que han impuesto históricamente caminos únicos para ser y vivir en el mundo.

Aunque ha sido empleado con frecuencia para referirse a las distintas orientaciones del deseo sexual de las personas, incluye también las identidades de género y las diversas formas sexuales que existen, más allá de las categorías tradicionales y excluyentes de hombre y mujer.

En este sentido, la diversidad sexual reconoce y defiende los derechos de las personas intersexuales, que son fuertemente estigmatizadas y discriminadas por nacer simultáneamente con órganos masculinos y femeninos en grados variables. A pesar de ello, todavía a día de hoy la lógica de la “normalidad” dominante rechaza esta posibilidad, y a muy temprana edad somete a estas personas a la cirugía de asignación de sexo para hacerlas encajar en las dos únicas categorías de sexo aceptadas, provocando en muchos casos graves problemas de identificación sexual.

La identidad de género tiene que ver con los patrones socio-culturales que aprendemos en nuestra socialización temprana. Desde que nacemos, la familia y la sociedad en su conjunto nos asignan un género en base a nuestro sexo y esperan que nos comportemos, actuemos y sintamos en base a esta condición. Cuando nos salimos de la norma, recibimos como respuesta la burla, el rechazo y la exclusión, y continuos llamados para que nos comportemos en base a las características y roles culturalmente establecidos para nuestro sexo.

Así, se espera de los hombres que sean dominantes, racionales, agresivos, competitivos y poco expresivos. Mientras las mujeres deben ser sumisas, serviciales, educadas, trabajadoras, responsables, sensibles, etc. Esta lógica justifica y perpetúa el patrón de dominación de los hombres sobre las mujeres, como ha venido reivindicando el feminismo y más recientemente los estudios de masculinidades. Pero sobretodo, limita el desarrollo humano de las personas para ser y sentir libremente, disfrutar de las diferencias, soñar, aspirar, comportarse y pensar con independencia del sexo al que pertenezcan. Así lo han reivindicado las personas transgénero (se identifican con el género opuesto), bigénero (se identifican con el género masculino y femenino) o intergénero (ve su identidad como una de muchos posibles géneros más allá de masculino y femenino), cuya identidad de género no se corresponde con la asignada al nacer. Y reclaman el derecho a autoidentificarse como hombre, mujer, ambos o ninguno, sin sufrir rechazo, discriminación y violencia por ser como son.

La orientación sexual está íntimamente relacionada con los conceptos anteriores. Se utiliza el término heteronormativo para describir el sistema cultural de género que determina que las mujeres deben desear a los hombres y viceversa, estableciendo la heterosexualidad como norma. Esta ideología está basada en la función reproductiva de las mujeres y determina la perpetuación de las mujeres como reproductoras de la vida, destinadas al ámbito domestico y sin autonomía sobre sus cuerpos y su sexualidad.

Así, cualquier tipo de deseo que se salga de esta norma, ya sea la homosexualidad (el deseo hacia personas del mismo sexo), la bisexualidad (hacia personas de ambos sexos), o el deseo desde y hacia las personas transexuales, es discriminado, invisibilizado, privado de igualdad de derechos y oportunidades, e incluso penalizado en algunos países. De hecho, las parejas formadas por personas del mismo sexo no tienen en la mayoría de los Estados de la región, los derechos que el matrimonio concede a las parejas heterosexuales: cobertura de la seguridad social, derecho a la adopción, derechos testamentarios de la pareja, la recepción del cuerpo cuando muere, etc.

El importante trabajo realizado por el movimiento social LGBTTI a favor del reconocimiento de los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales, ha conseguido posicionar la lucha por los derechos sexuales como uno de los nuevos temas de derechos humanos, logrando cambios importantes en los últimos 25 años. Pero incluso al interior de este movimiento ha habido discriminación de género. Así lo han denunciado las mujeres lesbianas que han reivindicado su espacio y se han pronunciado contra la invisibilización a la que se ven sometidas, tanto dentro como fuera del movimiento.

Las personas LGBTTI sufren la discriminación de distintas formas: insultos, hostilidad, despido del lugar de trabajo, exclusión comunitaria e incluso leyes que penalizan con cárcel las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo con consentimiento. A menudo experimentan la discriminación en los servicios de salud y son maltratadas/os por la policía. Y la discriminación y las agresiones en la escuela provocan que muchas personas LGBTTI sean expulsadas o abandonen los centros educativos, perdiendo la oportunidad de desarrollarse y conseguir empleos formales.

En el caso de las mujeres, el disfrute de su sexualidad se ha visto invisibilizado, controlado y confinado a la función reproductiva y la búsqueda de la supervivencia. Incluso la “lesbofobia” ha sido utilizada como arma contra el movimiento de mujeres y feministas, que han sido acusadas “peyorativamente” de lesbianas, incidiendo así en la estigmatización de sus luchas.

En el caso de los hombres, la respuesta social que han encontrado al vivir plenamente su sexualidad e identidad de género, ha sido la violencia e incluso la muerte. Wezel (Wezel, 2001) afirma que existe una relación directa entre la homofobia y la denigración de los considerado femenino. La sociedad interpreta la homosexualidad de los hombres como una feminización de estas personas, y castiga duramente la “falta de virilidad”.

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El estigma, la discriminación y la violencia contra las personas homosexuales y bisexuales (homofobia y lesbofobia) y contra la población transgénero, travesti o transexuales (transfobia), amenazan los esfuerzos para detener la epidemia de VIH y Sida en América Latina y el Caribe. Las evidencias indican que esta población, y especialmente los hombres que tienen sexo con otros hombres (HSH), son desproporcionadamente afectados por la epidemia (ONUSIDA, 2009). Sin embargo la discriminación que sufren, incluso en los servicios de salud, dificulta que se hagan la prueba del VIH, busquen apoyo y reciban tratamiento antirretroviral.
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En América Latina, el enorme rechazo hacia la diversidad sexual, queda patente en la tardía despenalización de la homosexualidad, en las décadas de los 80 y 90 en países como Chile, Ecuador o Colombia. Nicaragua y Panamá, los últimos dos países en América Latina donde las relaciones homosexuales eran criminalizadas, revocaron estas leyes en 2008. En el Caribe, esta medida fue propuesta durante la 8ª Reunión General Anual de la Asociación Pan Caribeña contra el VIH/Sida (PANCAP) en noviembre de 2008, pero la homosexualidad continúa siendo un crimen en siete países (UNDP, 2009).

Dos países incluyen en sus nuevas Constituciones la política antidiscriminatoria por orientación sexual e identidad de género; Ecuador (2008) y Bolivia (2009). En el caso de Ecuador, que ya enunciaba el derecho a no discriminación por orientación sexual en la Carta Magna aprobada en 1998, la nueva Constitución ha supuesto grandes avances como la aprobación de uniones sin importar el sexo de sus integrantes, el reconocimiento de familias alternativas (desde abuelos y nietos hasta parejas del mismo sexo) y la protección legal para ejercer el derecho a la orientación e identidad sexual.

Se observan importantes avances en la región en relación al reconocimiento de la diversidad sexual y el respeto a la universalidad de los derechos humanos. Algunos ejemplos son la legalización de la unión civil de parejas homosexuales en Buenos Aires (2002), el Estado brasileño de Río Grande do Sul (2004), Ciudad de México (2006), Uruguay (2008) y Colombia (2009). En diciembre del 2009, México D.F. se convirtió en la primera ciudad de América Latina en permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo. Esta ley marca un nuevo hito, ya que permite que las parejas homosexuales tengan derechos como la unión patrimonial para obtener créditos bancarios, herencia, acceder a beneficios del seguro social y adoptar niños (BBC, 2009). En julio de 2010, Argentina dio un paso más aprobando el matrimonio homosexual y convirtiéndose en el primer país de la región en dar este histórico paso.

alt Día Internacional contra la homofobia... alt
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El Día Internacional contra la homofobia fue impulsado por las organizaciones de la sociedad civil para celebrar el día 17 de mayo de 1990. En este día, la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) aprobó la 10a revisión de la Estadística Internacional de Clasificación de las Enfermedades y Problemas de Salud Relacionados (ICD-10). Esta revisión reconoció que la “orientación sexual” (heterosexual, bisexual y homosexual) por sí misma no debe ser vista como un trastorno”. Hasta este momento, la homosexualidad era considerada un “trastorno sexual”.
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La diversidad sexual es la puerta de entrada a un amplio campo de estudio, que pone de manifiesto y defiende las infinitas y legítimas formas de pensar, sentir y desear de las personas. De este modo, rompe los tabúes y subvierte los esquemas culturalmente determinados, que han impuesto históricamente caminos únicos para ser y vivir en el mundo.

Aunque ha sido empleado con frecuencia para referirse a las distintas orientaciones del deseo sexual de las personas, incluye también las identidades de género y las diversas formas sexuales que existen, más allá de las categorías tradicionales y excluyentes de hombre y mujer.

En este sentido, la diversidad sexual reconoce y defiende los derechos de las personas intersexuales, que son fuertemente estigmatizadas y discriminadas por nacer simultáneamente con órganos masculinos y femeninos en grados variables. A pesar de ello, todavía a día de hoy la lógica de la “normalidad” dominante rechaza esta posibilidad, y a muy temprana edad somete a estas personas a la cirugía de asignación de sexo para hacerlas encajar en las dos únicas categorías de sexo aceptadas, provocando en muchos casos graves problemas de identificación sexual.

La identidad de género tiene que ver con los patrones socio-culturales que aprendemos en nuestra socialización temprana. Desde que nacemos, la familia y la sociedad en su conjunto nos asignan un género en base a nuestro sexo y esperan que nos comportemos, actuemos y sintamos en base a esta condición. Cuando nos salimos de la norma, recibimos como respuesta la burla, el rechazo y la exclusión, y continuos llamados para que nos comportemos en base a las características y roles culturalmente establecidos para nuestro sexo.

Así, se espera de los hombres que sean dominantes, racionales, agresivos, competitivos y poco expresivos. Mientras las mujeres deben ser sumisas, serviciales, educadas, trabajadoras, responsables, sensibles, etc. Esta lógica justifica y perpetúa el patrón de dominación de los hombres sobre las mujeres, como ha venido reivindicando el feminismo y más recientemente los estudios de masculinidades . Pero sobretodo, limita el desarrollo humano de las personas para ser y sentir libremente, disfrutar de las diferencias, soñar, aspirar, comportarse y pensar con independencia del sexo al que pertenezcan. Así lo han reivindicado las personas transgénero (se identifican con el género opuesto), bigénero (se identifican con el género masculino y femenino) o intergénero (ve su identidad como una de muchos posibles géneros más allá de masculino y femenino), cuya identidad de género no se corresponde con la asignada al nacer. Y reclaman el derecho a autoidentificarse como hombre, mujer, ambos o ninguno, sin sufrir rechazo, discriminación y violencia por ser como son.

La orientación sexual está íntimamente relacionada con los conceptos anteriores. Se utiliza el término heteronormativo para describir el sistema cultural de género que determina que las mujeres deben desear a los hombres y viceversa, estableciendo la heterosexualidad como norma. Esta ideología está basada en la función reproductiva de las mujeres y determina la perpetuación de las mujeres como reproductoras de la vida, destinadas al ámbito domestico y sin autonomía sobre sus cuerpos y su sexualidad.

Así, cualquier tipo de deseo que se salga de esta norma, ya sea la homosexualidad (el deseo hacia personas del mismo sexo), la bisexualidad (hacia personas de ambos sexos), o el deseo desde y hacia las personas transexuales, es discriminado, invisibilizado, privado de igualdad de derechos y oportunidades, e incluso penalizado en algunos países. De hecho, las parejas formadas por personas del mismo sexo no tienen en la mayoría de los Estados de la región, los derechos que el matrimonio concede a las parejas heterosexuales: cobertura de la seguridad social, derecho a la adopción, derechos testamentarios de la pareja, la recepción del cuerpo cuando muere, etc.

El importante trabajo realizado por el movimiento social LGBTTI a favor del reconocimiento de los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales, ha conseguido posicionar la lucha por los derechos sexuales como uno de los nuevos temas de derechos humanos , logrando cambios importantes en los últimos 25 años. Pero incluso al interior de este movimiento ha habido discriminación de género. Así lo han denunciado las mujeres lesbianas que han reivindicado su espacio y se han pronunciado contra la invisibilización a la que se ven sometidas, tanto dentro como fuera del movimiento.

Las personas LGBTTI sufren la discriminación de distintas formas: insultos, hostilidad, despido del lugar de trabajo, exclusión comunitaria e incluso leyes que penalizan con cárcel las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo con consentimiento. A menudo experimentan la discriminación en los servicios de salud y son maltratadas/os por la policía. Y la discriminación y las agresiones en la escuela provocan que muchas personas LGBTTI sean expulsadas o abandonen los centros educativos, perdiendo la oportunidad de desarrollarse y conseguir empleos formales.
En el caso de las mujeres, el disfrute de su sexualidad se ha visto invisibilizado, controlado y confinado a la función reproductiva y la búsqueda de la supervivencia. Incluso la “lesbofobia” ha sido utilizada como arma contra el movimiento de mujeres y feministas, que han sido acusadas “peyorativamente” de lesbianas, incidiendo así en la estigmatización de sus luchas.
En el caso de los hombres, la respuesta social que han encontrado al vivir plenamente su sexualidad e identidad de género, ha sido la violencia e incluso la muerte. Wezel (Wezel, 2001) afirma que existe una relación directa entre la homofobia y la denigración de los considerado femenino. La sociedad interpreta la homosexualidad de los hombres como una feminización de estas personas, y castiga duramente la “falta de virilidad”.

 

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